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No suelo escribir mis pensamientos en relación con temas que pueden ser de discusión apasionada o como decimos en nuestro país de “discusión acalorada”; por ello no expreso en estos medios mis opiniones sobre política o sobre los grandes problemas de la humanidad; no porque los temas no me importen sino porque estoy convencida de que tenemos muchas perspectivas de ver las cosas, todas ellas debidamente argumentadas, y entrar en una confrontación que conduzca a un conflicto personal, es algo que decididamente evito.

Tampoco suelo intentar el humilde planteamiento de escenarios futuros en temas que desconozco, pero ello no me impide expresar lo que yo quisiera que pasara, aún cuando encuentre bastante oposición en mis profundos deseos. Y precisamente esto está ocurriendo, con uno de mis sueños más apremiantes: quiero que la pandemia pase lo más pronto por muchas cosas, pero les confieso que entre las más importantes es porque quiero volver a la “oficina”, a los espacios físicos para interactuar con quienes trabajo a diario, y muy especialmente, por mis alumnos que con su vitalidad hacen del aula de clase, una experiencia sin igual.

Suena ilógico, pero extraño cosas tan simples como la presión de levantarme a escoger lo que voy a vestir, el pensar que mejor desayuno en el café de paso porque no me alcanza el tiempo, el correr de un lado para otro. Esa aparente pérdida de tiempo en el tráfico, ha sido un tiempo con el que ya no cuento para escuchar mi programa de radio favorito donde me enteraba de las noticias con nuestro humor criollo; o el espacio en el que muchas veces cuando tomaba el taxi, tenía la oportunidad de conversar con el conductor sobre “lo humano y lo divino” en un diálogo coloquial, fresca, sin prejuicios.

Puede sonar trivial el tema del que me he propuesto escribir, pero que en los últimos días se ha vuelto tema de controversia con colegas, amigos y familia. He escuchado innumerables expresiones de fascinación con el trabajo remoto, tales como “¿Por qué volver a la oficina, si la transformación digital impuso su modelo en esta coyuntura de quedarnos en casa?” Ya me acostumbré y disfruto trabajar desde mi casa”, “Estoy feliz del ahorro en gastos por no ir a la oficina”, “La virtualidad llego para quedarse, no hay vuelta atrás”. Y créanme, que cuando estas frases llegan a mis oídos, siento que la administradora de empresas y la profe que habitan en mí, tienen la tentación de expresar acuerdo. Como consultora en el campo administrativo y financiero, veo todas las ventajas de la eficiencia por el ahorro en costos para la actividad empresarial y el aumento de productividad; como docente desde hace muchos años en el ámbito virtual, puedo dar fe de que hay múltiples beneficios en el proceso de enseñanza – aprendizaje.

Sin embargo, la otra yo, apasionada por el desarrollo humano, se impone y se manifiesta en el sentido contrario. No quiero centrar mi estilo de vida, mi forma de trabajo en un modelo remoto; no me siento sincera con nuestros clientes en el campo de la formación empresarial, expresándoles que el único camino que hay para la capacitación y el entrenamiento, es el ambiente virtual.

En medio de los pequeños debates en los que he podido participar sobre el tema, me han hecho la pregunta de porque soy tan tajante en mi deseo. Y la respuesta, además de citar aquellas cosas ya señaladas líneas arriba, es mi firme convicción de que las habilidades interpersonales, especialmente cuando pretendemos desarrollar nuestra capacidad de liderazgo, requiere del contacto con nuestro equipo – por ahora a dos metros de distancia- pero de seguro más cerca que a través de una pantalla. La inspiración para otros, no solo necesita de espacios formales de trabajo que se suplen con el ambiente virtual, sino que es fundamental crear y disfrutar los espacios informales en los que:

  • Podemos contar historias con propósito,
  • Facilitamos momentos de conversación alrededor de tomar el café, para plantear problemas sobre los que no se ha tenido oportunidad para hacerlo, en los que, por supuesto también surgen las ideas para solucionarlos,
  • Resolvemos o por lo menos no se dejamos avanzar conflictos.

Y expresamos tal vez, con más espontaneidad y oportunidad en el tiempo, nuestra compasión y solidaridad con quién percibimos en toda la extensión de la palabra, había llegado “down” a la oficina; o la sensación de contentamiento cuando nos abrazábamos por los logros obtenidos.

La presencialidad impulsa retos para afianzar nuestras habilidades de empatía y comunicación; la lectura del lenguaje no verbal puede ser más enriquecedor para forjar una conversación poderosa, que el de la expresión verbal, y difícilmente el primero se puede percibir a través de las cámaras. Los silencios que a veces son necesarios para reflexionar, no se entienden de la misma forma cuando estás con la otra persona de forma presente; de forma remota, se toman muchas veces como distracción, como un mensaje soslayado de que lo que está pasando, no es tan importante.

Y para inspirar como Líder, necesitamos también ser inspirados, y creo firmemente que ello proviene de nuestro propio equipo o de las personas con las que interactuamos a diario, aunque no dependan de nosotros, en autoridad y/o responsabilidad. En este sentido, ha sido frustrante hacer conciencia de que se me están acabando los relatos maravillosos para contar, muchos de ellos alimentados de los milagros de mis compañeros y colegas, que surgen de su cotidianidad; aquella que podía percibir en un radio de 360 grados que la presencialidad ofrece, y no con la dura limitación que impone el computador y el teléfono que hemos tratado de convertir en el eje de nuestras vidas.

Por lo anterior y por mucho más…quiero volver a la oficina.